
A la vista de los resultados, el modus operandi de
Matías Fernández enamorado de los viajes y el surf podría patentarse. En lo que refiere a las féminas, el anteriormente conocido como tiburón de la Pampa es infalible. Una vez fijado el objetivo, saca su aleta dorsal, agasajar a la víctima hasta anestesiar su atención y procede al ataque rodeándola en círculos cada vez más concéntricos.
Bien lo saben cuatro de las últimas seis grandes hermanas que convivieron con
Matías Fernández en la recta final de GH 4 (un record del reality), cuando el argentino desplegó las estrategias de marketing que había estudiado en la carrera por todas y cada una de las habitaciones de Guadalix, con una especial atención al jacuzzi y al dormitorio, y protagonizó algunos de los momentos más morbosos del programa.
Al salir puso los puntos sobre las íes,
Matías Fernández abrió su alma de par en par y explicó sus verdaderos sentimientos a quien quisiese escuchar: Rocío era su gran amor, Anna una aventura pasajera e Inma una admiradora con la que simplemente se dejó llevar.
Aquel cúmulo de circunstancias no evitó que Mercedes Milá también sucumbiese a su particular encanto, afirmando en directo que sólo
Matías Fernández podría seducirla. Atento, recogió el guante y no se hizo esperar. En una de las posteriores galas, eso sí, previo permiso de su novia de entonces, se puso en pie y le plantó un morreo a la presentadora. Ante el regocijo y la sorpresa del plató, la sabia Milá aportó más leña al fuego con una de las frases más famosas del historial de GH: "¡Si supieras hasta dónde me ha metido la lengua el guarro de él!".
Desde entonces
Matías Fernández ha seguido viajando, aprendiendo idiomas (asegura que habla cuatro), regentando medias con el cubano Dayron (otro GH) un chiringuito fashion de la castellonense playa de Burriana y, fiel a su personalidad, protagonizando romances de toda índole. Pero le quedaba una espinita.